Uywiri es, en la cosmovisión aymara, un ente tutelar que cuida un espacio — una presencia que habita y protege. Esa figura organiza esta exposición: un territorio de memorias afroindígenas que dialogan entre sí a través del tiempo, tejiendo resistencias entre el desierto de Atacama, el altiplano, el mar y las cordilleras. La exposición reúne pinturas, una videoperformance, nueve caracolas montadas a piso y una escultura de pelo con abalorios. Aunque la pintura es el medio predominante, el conjunto funciona como instalación total: cada elemento es un receptáculo. Las caracolas son memoria ancestral conectada al mar y al mismo tiempo instrumento de adivinación. Las trenzas de cabello con abalorios construyen, junto a ellas, lo que la artista describe como "un cuerpo nuevo". Las pinturas convocan plantas de poder — el wachuma, la coca — y entidades espirituales que han sobrevivido soterradas dentro del catolicismo colonial: illapa, yemayá, oyá. No como sincretismo resignado sino como formas activas de sanación y memoria. El diálogo que propone la obra es trans temporal: entre los cuerpos negros esclavizados que llegaban al puerto de Arica con destino a Potosí, las comunidades aymaras del altiplano y el futuro que esas alianzas de resistencia todavía abren.
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